La verdad es aún no sé muy bien qué clase de obra es este AUTO que escribí hace ya casi quince años... ¿Una comedia satírica? ¿Una farsa moral? ¿Una parodia corrosiva? ¿Un drama irónico posmoderno? ¿Un sainete metafísico? ¿Un sencillo y amable divertimento? ¡Vaya usted a saber...! Y en cuanto al significado último de AUTO (suponiendo que la expresión “significado último” tenga algún último significado)... ¿Crítica al consumo desaforado? ¿Al automatismo de las conductas cotidianas? ¿A la amnesia deliberada de la realidad? ¿A la tan matraqueada ausencia de valores? ¡Ni idea! No, de verdad que no lo sé, o al menos no sé explicarlo fuera del escenario... Al fin y al cabo, el esquivo secretario de Joyce tampoco supo nunca quién era Godot... Ni Zinedine Zidane sabe aún dar cuenta de las razones que le llevaron a propinarle aquel mítico cabezazo al rudo defensa italiano... Pues ya digo: yo, lo mismo. AUTO es para mí una obra bastante inclasificable. ¡Por favor, una identidad para estar presentables ante la Cátedra!, parecen reclamar también las entrañables criaturas de AUTO. Lo cual resulta muy gracioso. O al menos a mí me lo parece.
AUTO, en fin, sea lo que fuere, está impregnada de ironía tanto en el tratamiento de los personajes como en el desarrollo de la acción: sus protagonistas, a pesar de las resistencias, pugnan por el conocimiento de su propia realidad; conocimiento que sólo alcanzan después de un aciago golpe de fortuna, conocimiento que llega irremisiblemente tarde. En esto sí me parece una obra realista. Real como la vida misma... Y es que, como sabiamente señaló Miguel Gila: la experiencia es un peine que nos dan cuando ya nos hemos quedado calvos.
Ernesto Caballero
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