Para representar La colmena científica (o El café de Negrín) partíamos de una base muy documentada, ya que el trabajo de José Ramón Fernández ha sido muy sesudo y exhaustivo en los detalles verídicos. Sobre esta base hemos querido hacer algo autónomo, porque la ficción requiere abandonar un poco la documentación, para lo que tanto el autor como la Residencia de Estudiantes han depositado mucha confianza en mí. Partíamos de unas premisas puestas en un mapa y se ha tratado de dar un salto al territorio. Al final es el teatro el que pide y todos tenemos que ser siervos y vasallos de éste, porque la obra es la que está por encima de nosotros, lo importante es que lo que suceda allí genere situaciones de emoción. En este sentido La colmena científica (o El café de Negrín) es un texto muy rico porque la propicia. Tal y como decía José Ramón, me encontré con algo chejoviano, porque las palabras del texto son la punta del iceberg de una serie de movimientos en el espíritu de los personajes y de atmósferas que están detrás, y nuestro trabajo consiste en sacarlas. En esta tarea todos los miembros del equipo hemos trabajado muy a gusto.
Quería evitar hacer una reconstrucción descriptiva y nostálgica, y a los muchos planos en el tiempo que tiene la obra he introducido uno más, un grupo de personajes, no muy explícitamente definidos, que serían científicos o estudiantes de alguna institución científica de hoy en día, de aquí y ahora. Ellos son los que cuentan la historia y la obra es como una cita, una recreación de aquel tiempo realizada desde el presente, evitando así el efecto museo de cera. No es un montaje descriptivo, de igual manera que no recreo un laboratorio con sus microscopios, tubos… tampoco he querido hacerlo con los actores buscando parecidos. Estos personajes vivían su momento sin ser conscientes de que iban a ser ilustres. Ni Lorca ni Buñuel sabían que iban a ser Lorca y Buñuel, cuando Unamuno dijo «que inventen ellos» seguramente no lo dijo con énfasis, sino que lo diría en un café bromeando con alguien. Era gente normal, con la vida por delante y con mucho talento. Hoy en día habrá futuros llorcas, negrines, severos ochoas o justas freires tomando algo en la cafetería de cualquier facultad riéndose con sus compañeros.
En cuanto a la Residencia de Estudiantes, para mí ha sido una grata y agradable sorpresa ver que han recobrado ese espíritu y lo mantienen vivo. Es un oasis, un lugar de conocimiento y de mucha oxigenación cultural. Podría haber hecho un homenaje esplendoroso pero no ha sido el caso, creo que los debates en la sociedad española se centran en lo que hemos sido, lo que nos ha pasado… Nos falta un poco de espíritu emprendedor, inventar el futuro. Aunque La colmena científica es una obra que habla de otro tiempo, he querido reflexionar sobre ello desde ahora para que de esas cenizas resurja el espíritu. He querido trazar un puente entre aquel mundo, entonces tan alentador, con el de hoy, porque la Residencia hoy goza de muy buena salud y está muy boyante. Es una obra que trata de mirar al futuro aunque habla del pasado. No se queda en la evocación lastimera de lo que pudo ser y no fue.
Ernesto Caballero
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